Moler el café cuando la calle todavía está vacía
El molinillo está al lado de la ventana que da al muelle. Por la mañana no hace falta luz: el ruido del metal y el olor llegan antes. Muelo poco, lo justo para una taza, porque el café molido de ayer ya no sabe a nada.
El agua la dejo subir hasta que silba y luego cuento hasta treinta antes de verterla. No es un método. Es la única forma que he encontrado de no quemar lo que acabo de moler. La taza es gruesa y guarda el calor mientras miro si hay niebla sobre el agua.
Cuando el primer barco enciende el motor, la calle deja de ser mía. Recojo el molinillo, dejo la taza en el fregadero y bajo. El resto del día el café sabe igual, pero ya no se oye el molido.